26/10/14

Una guitarra como arma de seducción masiva
Eso tenía, tenía música, y aunque no todo en él fuese armónico, sí lo eran sus dedos sobre las cuerdas, y lo eran sus ojos cerrados, concentrados en la melodía.
Había armonía en sus letras, en los juegos de palabras que escribían sus canciones, en las notas escondidas en los títulos, en los acordes perdidos de sus noches en vela.
Había armonía en el humo que le rodeaba al componer, en el desorden de su local de ensayo, en el viejo sofá, en el cenicero, en los incontables amplificadores reparados a mano, en las dos baterías, en cada recoveco de aquel insonorizado limbo onírico.
Armonía eran los graves que brotaban de su garganta, y su voz rota a base de gritos, tabaco y cerveza, y sus labios, sonriendo entre verso y verso.

9/4/14

Nunca supe si tropezabas también,
o sólo eras mi piedra.

Dicen
Que un clavo saca otro clavo
Que las palabras se las lleva el viento
Que el tiempo lo cura todo

Dicen
Que lo bueno, si breve, dos veces bueno
Y que se abre una ventana
donde nos cierran la puerta.

Pienso
En el tiempo que pasé contigo
Que fue breve, pero intenso
En el mes de febrero.
En como terminamos.

Pienso
En la puerta que entornamos,
la ventana que nunca llegamos a abrir del todo.
El resquicio que dejamos,
que nos deja vernos, pero no pasar.

Recuerdo
Cada una de nuestras recaídas
Digo nuestras, pero mías
Nunca supe si tropezabas también
o sólo eras mi piedra.


13/3/14

No recuerdo casi nada de aquella noche.
No puedo olvidar que me cogiste la mano. 

Era sábado. Uno más, otro de tantos. Aunque mediaba junio la noche invitaba más al pantalón largo que a las bermudas, y la cazadora no parecía estar de más.
Y allí estaba yo, sombra aquí y sombra allá, andando descalza de lado a lado de la habitación, con unas mallas azul marino y mi camiseta favorita, de color amarillo plátano con la espalda de seda. Más tarde recordé que a ti también te encantaba.
Oí sonar un claxon, descalza como estaba me atusé el pelo, cogí las cuñas y el bolso y salí volando de casa. Me esperaban un coche azul, mis amigas, y toda la noche por delante.
Por solidaridad con la conductora de turno no bebí ni cerveza; no tengo siquiera la triste excusa del alcohol para explicar por qué, cuando te vi, a una docena de metros, me despedí de mis amigas con un "luego estamos" y avancé como si en vez de atravesar a duras penas un antro abarrotado estuviera paseando por mitad de un pasillo vacío.
Recuerdo tu cara de sorpresa, tu sonrisa, y algunas de las que cruzaron tus amigos. Recuerdo las pullas y los dobles sentidos mientras esperábamos un chupito en la barra. Recuerdo el segundo trago. Sé que hubo más, pero perdí la noción del tiempo. No sé si estuvimos allí quince minutos o dos horas, aunque intuyo que de la botella de anís dejamos poco más que el vidrio.
Recuerdo vagamente que nos miramos, y las escaleras de salida.
Recuerdo también los soportales donde, casi incapaces de mantenernos en pie, nos aferrábamos el uno al otro. No recuerdo cómo ni por qué fuimos allí, pero tengo grabados a fuego tus besos, tus manos, tus ganas.
Si pasó alguien, y pasaron, no me enteré. Amaneció mientras nos besábamos, y no me di ni cuenta.
No recuerdo casi nada de aquella noche. No sé si nos despedimos, ni cómo encontré a mis amigas. Me contaron que aún entré con ellas a un par de bares, pero tampoco me acuerdo. No recuerdo casi nada de aquella noche, pero no puedo olvidar que en algún momento me cogiste la mano.
Soy incapaz de olvidar tus dedos entrelazados con los míos durante aquel camino de vuelta del que no guardo recuerdo alguno.
Supongo que el equilibrio brillaba por su ausencia. Supongo también que fue el anís, culpable de nuestros traspiés, y no tú, o al menos no del todo, el que me daba la mano aquella mañana.
Intuyo la sonrisa, ebria pero sincera, que debía lucir en mi cara mientras avanzábamos a trompicones entre trasnochadores.
No recuerdo casi nada de aquella noche. Pero volvería a olvidar aquel sábado un millón de veces, si volvieras a cogerme la mano.

25/2/14

Copenhage

Cuando las canciones ya no duelen
y los recuerdos grabados a fuego
dejan de quemar

Cuando las mariposas del estómago no vuelan al oír su nombre
y la posibilidad de cruzaros ya no te hace temblar

Cuando llega el olvido, sin avisar

29/1/14

Y tú...¿me has querido alguna vez?

Para ti
Sólo tengo una pregunta
Y tanto miedo a la respuesta
que prefiero
morir de incertidumbre
que de certeza

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