Una guitarra como arma de seducción masiva
Eso tenía, tenía música, y aunque no todo en él fuese armónico, sí lo eran sus dedos sobre las cuerdas, y lo eran sus ojos cerrados, concentrados en la melodía.
Había armonía en sus letras, en los juegos de palabras que escribían sus canciones, en las notas escondidas en los títulos, en los acordes perdidos de sus noches en vela.
Había armonía en el humo que le rodeaba al componer, en el desorden de su local de ensayo, en el viejo sofá, en el cenicero, en los incontables amplificadores reparados a mano, en las dos baterías, en cada recoveco de aquel insonorizado limbo onírico.
Armonía eran los graves que brotaban de su garganta, y su voz rota a base de gritos, tabaco y cerveza, y sus labios, sonriendo entre verso y verso.
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