Le observo sin fijarme demasiado en los detalles: metro ochenta y mucho, pelo castaño claro, vaqueros, zapatillas, cazadora oscura, cascos en el cuello.
Me pregunta si cojo mucho el tranvía. Le digo que no, que sólo para ir a trabajar los días de lluvia.
Sonríe. Tiene una sonrisa bastante bonita, y un hoyuelo.
Ambos preferimos andar. Pero odiamos los charcos.
Quedan 2 minutos.
20:27 de la tarde. Una tarde de Mayo que podría pasar por un anochecer de Febrero.
Es un poco deprimente; las nubes grises, el viento frío, y la lluvia resultan más propias del otoño que de la primavera. Pero qué le vamos a hacer, esto es Vitoria.
Espero al tranvía, me quedan 9 largos minutos sentada en el frío metal del banco de la parada. Le observo sin fijarme demasiado en los detalles: metro ochenta y mucho, pelo castaño claro, vaqueros, zapatillas, cazadora oscura, cascos en el cuello. Mirando a la máquina como quién ve un documental en japonés sin subtitular. Sonrío para mí, y sigo mirando al frente, veo pasar a la gente, y el tiempo pasa también. Quedan 6 minutos.
Se rinde por fin, me mira, coge aire, y me pregunta cómo van las líneas. "Es que no lo suelo coger y me lío" dice suspirando. Sonrío, esta vez hacia afuera, y le resumo el asunto utilizando un concepto primario, simple y efectivo: los colores. "Rojo, vas al centro. Verde, vas a Ibaiondo. Blanco, vienes hacia aquí." Se le ilumina tanto la cara que no puedo evitar reírme otra vez, esa expresión es algo realmente digno de ver. Quedan 4 minutos.
Se sienta a mi lado, dejando un par de metros. Me pregunta si cojo mucho el tranvía. Le digo que no, que sólo para ir a trabajar los días de lluvia. Sonríe. Tiene una sonrisa bastante bonita, y un hoyuelo. Ambos preferimos andar. Pero odiamos los charcos. Quedan 2 minutos.
Se ríe. Le miro, y me pregunto qué le hará tanta gracia. Él me mira y responde a la pregunta que no he llegado a hacerle. "Ya se ha llenado la parada de señoras situadas estratégicamente para pillar las puertas y coger sitio las primeras. Así que no faltará mucho para que venga el tranvía". Sonrío a mi vez. Tiene razón. Queda menos de un minuto.
Subimos juntos. Él se sienta, yo me quedo de pie, a su lado, y seguimos hablando. Me pregunta cuántos años tengo. Yo le echo veintitantos. Tiene los ojos claros, pero no demasiado. Azules, o verdes, o grises, según va cambiando la luz. Y la mirada directa, casi intimidante. Me intriga. Le pregunto dónde vive y al escuchar su respuesta me pregunto qué se le habrá perdido tan lejos de casa. Él va hasta el final de la línea. Yo viajo sólo tres paradas. Una vez más responde a mis pensamientos. "Vengo de casa de la madre de mis hijos".
La foto que me enseña, con un gesto entre orgulloso y culpable, retrata a dos diablillos de seis y cuatro años que miran sonrientes al móvil de papá. Dice que son lo mejor que tiene, y que de no ser por ellos a saber dónde estaría. Parece a la vez tan fuerte y tan desvalido, mientras me cuenta su vida allí sentado, que decido saltarme mi parada. Ya me bajaré. Escucharle bien merece andar diez minutos más para volver a casa.
Vive solo. Bueno, comparte piso con otras personas, pero su forma de decirlo no deja lugar a dudas; aunque vive acompañado, está solo. Tengo que bajarme. Jamás había sentido una necesidad tan imperiosa de quedarme con alguien. No es sólo curiosidad. Es algo más. Suspiro. Pero me bajo.
Le deseo suerte, y escucho su "¡cuídate!" antes de que las puertas del tranvía se cierren a mis espaldas. Me giro. Me despido de esos ojos, de esa mirada, de esa sonrisa y de su hoyuelo. Y me pregunto cómo dos desconocidos pueden haberse dicho tanto en tan poco rato. Pero él ya no está para responder a mis pensamientos.
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